Opinión de la semana

Salven al soldado Iván

De proceder con el debido comedimiento, Donald Trump no debió dejar tras de sí más picante
que el requerido por la salsa que hoy se cocina en el Reino Unido. La conmemoración misma del 75 aniversario del desembarco por Normandía, la muy demorada apertura del segundo frente durante la II Guerra Mundial, pudo tener mayor sentido y, quizás, solo quizás, habría logrado transmitir un poco de lo necesario para eliminar enredos, suspicacias y miedos en el mundo actual.

Pero el mandatario norteamericano, siempre fuera de protocolo o escasamente ajustado a la corrección, procedió de modo irritante para muchos británicos y no menos en lo que toca a otras nacionalidades participantes en aquel esfuerzo (no por tardía carece de importancia, quede dicho) para frenar el nazi-fascismo. ¿Por qué? Pues debido a lo enfático de su discurso en cuanto a la perfecta excepcionalidad de EE.UU. en aquellos acontecimientos y… ahora.
A lo interno del R.U., Trump no tuvo límites en prodigar insultos a cuantos políticos le resultan antipáticos, pero sobre todo, se tomó libertades censurables como fue darle todo su apoyo a Boris Johnson que, según el jefe de la Casa Blanca es el mejor prospecto para sustituir a Teresa May (todavía su anfitrio-na en ese momento). Proporcionar esa carta de triunfo anticipada al controvertido excanciller, por encima de la decena de aspirantes al cargo de primer mi-nistro por los conservadores, es una descortesía considerada por muchos como injerencia en asuntos domésticos.
Otros enfoques se dirigen al objetivo del mandatario en cuanto se trasunta bajo cuerda en los movimientos y negociaciones previas, no tan secretas, dirigidas a obtener un acuerdo comercial ventajoso para Washington. Como primero se necesita la salida plena de la Unión Europea, Trump recomienda a Londres «independizarse» lo antes posible abandonando por la fuerza ese compromiso, sin medir consecuencias y pese a que los restantes miembros del Pacto Comunitario, también son sus socios.
Por acciones como esa varios politólogos presumen que esta es una pica colocada para facilitar objetivos inversionistas y comerciales. Un modo de influir de forma malsana contra la UE. La unidad (con sus más-menos y tropiezos) del bloque con el cual se in-terconectan 27 países, le molesta como fuerza económica y política pues, además, emplean una moneda común capaz de competir con la preeminencia del dólar.
Otros presidentes estadounidenses se habrán sentido inquietos ante realidades de ese tenor, pero ninguno actuó en detrimento de esa asociación de países europeos, como lo hace Trump, pese a requerir de esa fuerza para hacer frente a «enemigos» con la envergadura de China y Rusia. Sigue considerando a los dos colosos un estorbo para sus conceptos hegemónicos, pero presume de no requerir de ayuda alguna (aun cuando la use) para perturbarles. Prefiere, en tanto, alianzas bilaterales, manejables o inseguras y dependientes, a semejanza del modificado TLC con México y Canadá.
Presiones por un lado y manejo hábil de los extremismos por otro, forman parte del plan para reducir a una Europa no siempre concordante con los dictámenes de Washington. El ministro de exteriores alemán Heiko Maas, decía por estos días en Teherán, tras una gira por países árabes, que en la zona nadie quiere una guerra de antemano considerada temeraria e imprevisible. En la base de esa referencia aludía al despliegue insultante de fuerza bélica estadou-nidense, capaz de desatar una guerra en el Golfo Pérsico, parte de la estrategia atemorizante contra Irán, al cual pretenden avasallar económica y financieramente, en busca de algún contrato para rendir a los persas y someterles a su voluntad.
Es una astucia perjudicial para los iraníes, pero también para los empresarios del Viejo Continente, a los cuales amenaza con sanciones si mantienen tratos con Irán. Es la imposición de prerrogativas para sus leyes y voluntad sin un átomo de derecho a ejercerlas. Las coacciones norteamericanas contra Teherán, no se reducen a enseñar sus colmillos militares. Aumentaron también las exigencias hacia los países que le compran petróleo, perjudicando a gobiernos aliados, en busca de éxitos, en esencia, de la más fraudulenta moralidad.
«Las amenazas y los berrinches no son una forma de negociar en política exterior», dijo Nancy Pelosi, jefa de la cámara baja del congreso, en comunicado que envió a Donald Trump. El texto critica los métodos despóticos, muchos no suficientemente pensados, o en exceso unilaterales, usados por el presidente. Con respecto a China, (se puede extender a otros casos) olvidan que el daño arancelario no va en una sola dirección, pues si Estados Unidos perjudica a Beijing, al mismo tiempo lesiona a muchas empresas estadou-nidenses y a terceras.
¿Qué tiene que ver esto con el Día D? Mucho, en tanto que el aniversario le sirvió de tribuna a Trump para, por lo bajo o por lo alto, hacer campaña para separar pronto al Reino Unido de la UE y poner a alguien proclive al mando de su mejor cófrade y darle vía a un estupendo negocio, si usamos la desproporción con la cual adjetiva míster president. En los podios elevados por el encomiable motivo, Enmanuel Macron hizo referencia a libertades ganadas y al multilateralismo como una de ellas. Trump usó esas tribunas para promover la excepcionalidad norteamericana y echar leña al falso fuego que concede a Estados Unidos el título como ganador de aquella lucha contra la Alemania hitleriana y la Italia de Mussolini, ambos bien vistos por Occidente mientras fueron una opción para destruir a la URSS. Como las sanciones comerciales, estos desatinos tampoco viajan por un solo camino. Pueden andar a la inversa.
Aspecto nada pequeño en los actos fue la «ausencia clamorosa» de Rusia. Así calificaron algunos analistas e informadores la omisión de un representante suyo en este escenario, importante, heroico, pero en los hechos una asistencia solicitada por Moscú desde 1941 y solo efectuada a mediados del 44. Los soviéticos perdieron 27 millones de vidas entre soldados y civiles. Cargaron con el peso del enfrentamiento a las fuerzas hitlerianas sufriendo un costo enorme, no solo humano. Habría sido inferior para ellos y otras nacionalidades, de no existir intereses ideológicos de baja ley imperando entre esos aliados que si lograron avanzar desde Normandía sobre territorio europeo, fue gracias a los no convidados.
«Se están introduciendo falsas interpretaciones de la historia en el sistema educativo occidental con mistificaciones y teorías pseudohistóricas diseñadas para menospreciar la hazaña de nuestros antepasados», observó con sobrio tino el canciller Serguei Lavrov en una revista. Aunque el desembarco de Normandía fue apreciable, no le pertenece el mérito que dan al darle carácter de suceso crucial para el resultado de la Segunda Guerra Mundial. Ese crédito le pertenece al Ejército Rojo y sus victorias, algunas decisivas, como las de Stalingrado y Kursk.
Un libro del profesor en el U.S. Naval Institute, Stephen A. Bourque, publicado meses atrás, formula ángulos escasamente abordados de aquel desembarco. El historiador relata en Beyond the beach. The allied war against France, (Más allá de la playa. La guerra aliada contra Francia), y cuantifica lo que hoy llamarían desde la Casa Blanca, daños colaterales, ocurridos desde enero de 1944, cuando los bombarderos norteamericanos arrasaron ciudades provocando la muerte de unos 60.000 civiles, cantidad superior –explica el autor– a los caídos en actos similares efectuados por los alemanes sobre Gran Bretaña. Bourque afirma que franceses e italianos recibieron la mayoría de bombas aliadas (norteamericanas) en Europa, más que las recibidas por territorio germano.
En la medalla recordatoria de las siete décadas y media de Normandía figuran Francia, el Reino Unido y Estados Unidos. No incluyeron a la URSS cuyos jóvenes combatientes, ya estaban en la frontera polaca cuando ocurre el desembarco por las costas galas, donde perecieron miles de norteamericanos, ingleses, australianos y franceses.
Donald Trump no enaltece aquel sacrificio. Usó a los caídos, como moneda de cambio para interferir en temas fuera de su competencia. Supongo que anfitriones e invitados se habrán percatado.
Elsa Claro