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Nada más cínico que la comisión que se puso al frente de la Marcha por la Paz en París, el 11 de enero, contra el atentado terrorista contra la revista «Charlie Hebdo» y un  supermercado judío.

Allí estaban entre otros, del brazo, los representantes del terrorismo de Estado, como el presidente de Francia, país que vendió armas a los sunitas que combatieron al gobierno de Siria, igual que lo hicieron también los Estados Unidos y el Reino Unido, y que ahora se ven obligados a tragar el hecho de que los combatientes antisirios se han transformado en el ejército del Estado Islámico.
El ataque terrorista al semanario «Charlie Hebdo» no fue solamente un gesto alocado de dos jóvenes fanáticos franceses de fe musulmana. Tiene su origen en uno de los últimos capítulos de la Guerra Fría: la ocupación de Afganistán por los soviéticos (1979-1989).
Zbigniew Brzezinsky, responsable de la Seguridad Nacional de los EE.UU. durante la gestión de Jimmy Carter, vio en la ocupación soviética una excelente oportunidad para poner en práctica su diabólico plan para rechazarla e instalar un gobierno pro USA: incrementar el fanatismo religioso contra los «comunistas ateos».
Había otras alternativas, como diversos grupos nacionalistas afganos, laicos, que se oponían a Moscú. Pero la Casa Blanca prefirió romper el huevo de la serpiente y patrocinar a los grupos fundamentalistas agrupados en la Alianza Islámica del Mujahedin (combatiente) Afgano, que reaccionó indignada ante los propósitos de la infiel modernización soviética, tales como permitir a las niñas el acceso a la escuela…
Los agentes de la CIA pasaron a incentivar la jihad (guerra santa) contra los soviéticos, para expulsar a los «comunistas ateos» y llevar al poder un gobierno aliado de los EE.UU.
George Bush padre era, desde los años 60, amigo íntimo de un ciudadano saudita del ramo de la construcción: Muhammad Bin Laden, padre de Osama. Tras la invasión de Afganistán por los rusos, Bush le propuso a su amigo que su hijo trabajara para la CIA en Arabia Saudita, disfrazado de monitor de la ONG Blessed Relief. Después el joven Osama, de 23 años, fue trasladado a Kabul, entusiasmado con la jihad financiada por los EE.UU. A través de la ONG captó 4 mil voluntarios sauditas que, en Afganistán, fueron incorporados a la Alianza Islámica, cuna del Talibán y, a mediano plazo, del Estado Islámico.
La caída del muro de Berlín y el quiebre de la Unión Soviética apresuraron la salida de las tropas rusas de Afganistán. Sin embargo los 4 mil voluntarios sauditas, al retornar a su país de origen, no pudieron adaptarse a la vida civil. Y como no tenían formación política, habían sido transformados en «máquinas de matar».
El rey Fahd entonces trató de captar al joven rebelde Osama Bin Laden: le nombró consejero real. Pero el joven se quedó encantado con la jihad, obsesionado con combatir a los infieles. Al año siguiente fue expulsado de Arabia Saudita, y en 1996 declaró la jihad contra los EE.UU.
Los actos terroristas contra «Charlie Hebdo» y el supermercado judío son el resultado de la política equivocada de los EE.UU. y de Europa occidental en el Oriente Medio.