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El embajador israelí en Washington, Ron Dermer, ha asegurado  que «Israel merece el Premio Nobel de la Paz por la contención que están demostrando las Fuerzas Armadas» en Gaza, pese a que el balance de muertos en la franja ya supera los mil, la mayoría de ellos civiles

El desprecio hacia las vidas humanas de los que se desatan guerras y de los que después salen a glorificarla asombra siempre por la impudicia con que ellos mienten tergiversando la realidad de los hechos. ¿A qué contención se refiere este diplomático ante la tragedia desatada por Israel en la Franja de Gaza, a la vista del mundo entero? Se atreve además a reclamar que el Estado terrorista merece «la admiración de la comunidad internacional».
Sobre el terreno lo desmienten las cifras de fallecidos, en su abrumadora mayoría civiles, incluidos niños en cada uno de los 20 días de la operación bélica desatadas, con esporádicos alto el fuego regateados para recuperar cadáveres bajo escombros, atender precariamente heridos, y agudizar el éxodo de cientos de miles de desamparados, que dejan atrás viviendas, escuelas, centros de salud, mezquitas, iglesias derruidas y sobre todo sus muertos.
Sin la menor duda los pronunciamientos de este embajador reflejan con harta nitidez el pensamiento ideológico de los círculos de poder del sionismo expansionista y avasallador que se ha apropiado de los procedimientos hitlerianos de tierra arrasada.
Después de todo no sería sorprendente la pretensión de conquistar un Premio Nobel de la Paz, y que hasta llegara a prosperar, a tenor con la tibieza o el guiño cómplices de Estados Unidos y Europa, dispuestos sin el menor recato a culpar a las víctimas antes que a los victimarios, mientras permiten que prosiga la masacre.
Merecería, ciertamente, un especial premio por la paz genocida.