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Una vez más Estados Unidos impuso su justicia injusta, al condenar al soldado norteamericano Bradley Manning a 35 años de prisión por denunciar los crímenes de lesa humanidad perpetrados por Washington y sus aliados europeos en las guerras contra Iraq y Afganistán, mientras los culpables de esas flagrantes violaciones de derechos humanos permanecen impunes.

Manning, exanalista de inteligencia norteamericano en Bagdad, fue sentenciado por un tribunal de su país que lo acusó de 20 delitos, entre ellos, violación de la ley de espionaje, y robo de información oficial.

Lo cierto es que el joven militar estadounidense filtró más de 700.000 documentos clasificados y videos al afamado portal WikiLeaks sobre las atrocidades cometidas por el régimen de Washington, y sus súbditos de Europa miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en las agresiones sangrientas a Irak y Afganistán.

Tras ser condenado por un tribunal militar en la base castrense de Fort Meade (Maryland), organizaciones sociales rechazaron la determinación de los jueces contra Manning, al igual que su abogado, David Coombs, quien enfatizó que el “mayor crimen” de su defendido fue preocuparse por la pérdida de vidas humanas.

Y es real que para el gobierno norteamericano quien denuncie sus constantes violaciones de derechos humanos en el mundo es un malhechor que debe ir a la cárcel y, por el contrario, los verdaderos asesinos son protegidos y amparados por la justicia arbitraria que Estados Unidos impone a su antojo tanto en su territorio como internacionalmente.

No alcanzarían cuartillas ni páginas de diarios o espacios digitales para relacionar los criminales de guerra, exdictadores y terroristas que bajo el resguardo, patrocinio e incluso financiamiento de Washington caminan libremente por el planeta tierra.

Por citar a algunos de los más connotados fratricidas vinculados a las agresiones a Irak y Afganistán, resaltan los exmandatarios norteamericano George W. Bush, el español José María Aznar, y el británico Tony Blair, todos acusados de perpetrar crímenes de lesa humanidad, y que sin embargo hoy gozan de absoluta libertad.

Sobre las espaldas del actual inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, a quien paradójicamente se le concedió el Premio Nobel de la Paz, también pesan innumerables asesinatos como los cometidos durante la invasión de la OTAN a Libia, y en varios conflictos que actualmente son alentados por Estados Unidos en el Medio Oriente y otras regiones.

Por otro lado, a exdictadores como el boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni), y a terroristas como Luis Posada Carriles, de origen cubano y denominado el Osama Bin Laden latinoamericano, Washington impide extraditarlos para evitar sean sentados en el banquillo de los acusados por sus crímenes.

La justicia injusta norteamericana es un mal perverso que azota a la humanidad, y de la cual su víctima más reciente fue el joven soldado Manning.

Patricio Montesinos