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La entrada de niños inmigrantes ilegales a Estados Unidos tiene a aumentar en los próximos meses, según lo informado por la Patrulla Fronteriza.

Los que logran llegar, algunos narran que fueron violados, golpeados, maltratados, explotados, o les robaron en el camino lo poco que tenían en su largo viaje para llegar a Estados Unidos, pero lo peor es que muchos de ellos mueren, son asesinados en el trayecto, o quedan mutilados para toda la vida, al caer de los trenes en que se cuelgan para emprender una aventura, que tiene mucho de infamia, de tragedia, de dolor y de pobreza, porque hasta sus mismos padres los están lanzando a sus hijos a esta odisea.

La noticia ya no asombra al mundo. Niñas y niños –cuyas edades están entre los 10 y los 17 años– de Guatemala, Honduras y el Salvador, y en general de todo Centroamérica, están arriesgando sus vidas, impulsados por su padres que creen que en EE.UU. hay un futuro mejor para sus hijos, y la posible solución a todos los problemas generados por la miseria o la violencia en sus respectivos países.

La situación es tan dramática, que el mismo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, busca la manera rápida de que el Congreso le autorice la deportación inmediata de estos pequeños que han logrado llegar al país del norte, para evitar que miles sigan saliendo de sus países con el mismo destino, alentados por su padres que creen que no los pueden deportar por ser menores de edad.

Desde octubre de 2013 hasta ahora, los agentes de la patrulla fronteriza detuvieron a 62.998 niños, pero el número de menores que intentan entrar al país por la frontera sur se redujo casi a la mitad en mayo último, precisó la información. Estas cifras representan un aumento del ciento por ciento con respecto al número de menores no acompañados detenidos en 2013.

En julio fueron detenidos 5.508 niños, cifra inferior a los 10.628 arrestados el mes anterior, aunque el gobierno no descarta la posibilidad de un aumento en una fecha posterior.

Al respecto, el secretario del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) Jeh Johnson, precisó que las cifras aún son mayores que años anteriores y criticó al Congreso por no aprobar con urgencia los fondos solicitados por el gobierno para enfrentar la emergencia.

Eso, indicó, obliga a una reprogramación de un presupuesto de 405 millones de dólares en fondos del DHS para hacer frente a la crisis migratoria en la frontera sur.

Espero que cuando regresen al Congreso en septiembre, los legisladores actúen con rapidez sobre la solicitud, puntualizó. La Casa Blanca busca la deportación de los 11 millones de indocumentados que se calcula hay en Estados Unidos.

El presidente Barack Obama calificó el problema de los niños inmigrantes de crisis humanitaria y, sin embargo, los legisladores se fueron de vacaciones sin alcanzar un acuerdo. Mientras se mantiene estancada la reforma de las leyes migratorias, la mayoría de los estadounidenses estima que los inmigrantes que viven en el país ilegalmente amenazan su modo de vida e incluso la economía, según un sondeo de Reuters/Ipsos publicado en días recientes. Casi dos tercios de los preguntados dijo que los inmigrantes ilegales son una carga para la economía del país.

Patrulla fronteriza

Del 1 de octubre (2013), al 17 de mayo de este año, los agentes fronterizos destacados en el extremo sur de Texas hicieron más de 148.000 arrestos, con lo cual igualarían el total del año pasado aunque sólo en ocho meses, de acuerdo con el reporte. En comparación, el sector de Tucson, Arizona, registró 63.000 arrestos. El año pasado el de Texas fue el primero que superó al sector de Arizona en número de detenciones.

El sector del Valle del Río Grande promedió casi mil arrestos por día del 11 al 17 de mayo, de acuerdo con el documento. Lo que estas cifras revelan es un flujo de personas casi constante por el río Bravo. Los arrestos no representan el nivel total de tránsito de indocumentados, sino sólo los que son detenidos, pero el sumario por hora del reporte mostró que los arrestos no se detuvieron.

Pero de 7.640 arrestos hechos en el Valle del Río Grande en una semana, los mexicanos eran el cuarto grupo más numeroso, detrás de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos. La violencia de pandillas y la falta de oportunidades económicas son los factores señalados para el alto número de migrantes centroamericanos. Cruzar por México hacia Texas es su ruta más directa.

Estados Unidos, México y el éxodo de Centroamérica

El analista mexicano Ramón I. Centeno, replica en este artículo a Andrés Oppenheimer, columnista de “The Miami Herald” y de “El Nuevo Herald” de Estados Unidos, cuando este propone dar más educación a los niños centroamericanos para evitar que migren a Estados Unidos. ¡Qué lindo suena eso! Mas este es el drama que describe el mexicano.

¡Son más de 60 mil!

Para llegar a Estados Unidos, los centroamericanos deben atravesar un infierno llamado México, montando el tren conocido como “La Bestia”. Las violaciones, robos y asesinatos forman parte de un itinerario del que sólo pueden salir ilesos con mucha buena suerte. Pero los días de montarse en “La Bestia” están contados. El gobierno de México ha preferido ampliar la capacidad del país como cementerio de migrantes que incomodar a Washington.

Autoridades mexicanas iniciaron operativos para impedir que migrantes indocumentados intenten llegar a Estados Unidos a bordo del tren de carga conocido como la Bestia, según informaron activistas y funcionarios consulares en la zona fronteriza con Guatemala.

El secretario de Gobernación de México, Miguel Ángel Osorio Chong calificó la medida como un acto humanitario: “Es una decisión del Estado mexicano, no seguir permitiendo que migrantes de Centroamérica y mexicanos pongan en riesgo sus vidas en este tren de carga, y no de pasajeros.” Este lenguaje, destinado a tranquilizar las buenas conciencias de la clase media mexicana, en realidad no resiste un examen mínimo. Dejando asomar la verdadera intención del gesto, el nada carismático Chong remató: “Quienes no tengan la visa para adentrarse más en nuestro país serán devueltos”.

Si tomáramos por verdadera la preocupación de México por las vidas de los migrantes, en lugar de impedirles el paso por la frontera (pues es justo la violencia la que los hace huir de sus países) serían recibidos como refugiados. Una opción podría ser añadir vagones de pasajeros a “La Bestia” para facilitar el viaje de los migrantes. La otra, sería abrir campos de refugiados, para lo cual incluso hay una agencia con presupuesto de la ONU (la UNHCR).

Lo cierto es que la democracia mexicana ha optado por ahorrarle el control migratorio a Estados Unidos, preparando así una “condena a muerte” para los migrantes, como bien ha sintetizado Alberto Xicoténcatl, coordinador de un albergue para migrantes en Saltillo.

El detonante de todo lo anterior son 60 mil menores de edad, principalmente de Guatemala, Honduras y El Salvador, que han atravesado la frontera sur de Estados Unidos en los últimos meses para huir de la violencia. Todavía en marzo de 2013, el diplomático W. Brownfield contaba que justo en esos tres países “abundan las historias de éxito” del programa a su cargo, la Iniciativa de Seguridad Regional Centroamericana (CARSI, en inglés).

CARSI es la versión centroamericana de otros programas diseñados por Washington para Colombia, primero, y México, después –el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida, respectivamente. Basado en una estrategia militarizada contra el narco, este programa busca reforzar los aparatos de seguridad centroamericanos: ejércitos y policía. Al igual que en México, el fracaso de este enfoque sólo ha aumentado la violencia en la zona. Lo anterior, sumado a la pobreza y desigualdad, ha provocado esta diáspora en busca de refugio. Hoy por hoy, el solo dato de un éxodo infantil bastaría para inferir una catástrofe social en el contexto de CARSI. Sin embargo, tanto en Washington como en América Central, pasando por México, las élites han coincidido en parar el éxodo a toda costa, sin tocar las causas que lo han provocado. En Texas, el gobernador Rick Perry ha anunciado el despliegue de mil militares para enfrentar las peligrosas huestes de niños y adolescentes. Y en Centroamérica, los presidentes de Guatemala, Honduras y El Salvador han pedido a Obama que eleve el presupuesto de CARSI –es decir, quieren comprar más gasolina para apagar el fuego.

¿Soluciones de fondo? Andrés Oppenheimer, por ejemplo, propone dar más educación a los niños centroamericanos para evitar que migren a Estados Unidos. ¿Que estudien para que tengan un mejor futuro en su país? No. Ya es cada vez más difícil prometer eso. La lógica de su propuesta es otra: “Cuanto más años pasan en la escuela, tanto más probable es que se pongan de novios, o encuentren un trabajo, o echen más raíces en su país”. O sea, ni siquiera hace falta que las escuelas tengan buenos profesores: basta con que los adolescentes de Centroamérica puedan aparearse tranquilamente en sus países. La idea tiene su encanto… si no fuera porque el éxodo es causado por la violencia, no por la falta de fluidos.

¿Alguna sugerencia de revisar el modelo económico causante del drama social en Centroamérica y México (un producto de exportación de Estados Unidos)? Ninguna. ¿Alguna sugerencia de cambiar el enfoque militarizado por uno de salud pública, legalizando las drogas (como ya se hace en Estados Unidos)? Tampoco. La América neoliberal lleva ya tiempo hundiéndose en una macabra espiral de violencia y exclusión. Y tal vez lo más impactante es la dificultad para imaginar una salida, lo cual me recuerda la observación hecha por el filósofo comunista Slavoj Žižek en su discurso a Occupy Wall Street:

“El sistema dominante ha oprimido incluso nuestra capacidad para soñar. Fíjense en las películas que vemos todo el tiempo. Es fácil imaginarse el fin del mundo. Un asteroide destruyendo toda la vida, etcétera. Pero no puedes imaginar el fin del capitalismo.”

Vaya, para nuestras democracias es más fácil dar por muerta a la gente que vive bajo el poder del narco que imaginar una revisión del dogma neoliberal que lo alimenta y de la guerra que le ha afilado los dientes. En estos días que se conmemoran los cien años del inicio de la 1ª Guerra Mundial, conviene recordar las alternativas que Rosa Luxemburgo vislumbró para la humanidad frente a la catástrofe que se venía: socialismo o barbarie. Desde México hasta Colombia, la barbarie lleva tiempo ganando la batalla.

Waldemar Serrano-Burgos: La diferencia entre una llamada “crisis” de inmigración y un asilo humanitario

«Tenemos que comenzar indicando que es totalmente falsa la premisa de que estamos viviendo una ‘crisis de inmigración’. Los niños y jóvenes que están llegando a la frontera del sur de los Estados Unidos, no es por ‘inmigración’, sino por ‘desesperación’ o como escogemos llamarlo nosotros un ‘asilo humanitario’, ya que sus vidas están en peligro», sostiene en su análisis Waldemar Serrano-Burgos.

De la única manera que hemos podido entender este fenómeno, es tomándonos el tiempo de hacer un pequeño análisis de la vorágine de información expuesta. Serrano Burgos sigue:

Comencemos, por la reciente encuesta realizada por La Comisión de Refugiados de las Naciones Unidas, a unos 404 niños refugiados.

Esta arrojó que el 58 por ciento estaban en la frontera de los Estados Unidos huyéndole a la violencia en su país natal (Honduras, El Salvador, Guatemala y México), en comparación con un 13 por ciento de un estudio similar que se realizó en el 2006. A su vez, el 40 por ciento de los niños que llegan son féminas, que tienen que salir de su país para no ser violadas o asesinadas.

Por otra parte, la periodista Frances Robles del New York Times nos informó que la policía en El Salvador ha indicado, que en lo que va el año 2014, en comparación con el año pasado, hay un aumento de 77 por ciento en asesinatos a jóvenes menores de 17 años. Además, resalta que en los primeros seis meses de este año, han llegado 2.200 jóvenes del pueblo de San Pedro Sula, en Honduras, escapando del lugar de mayor incidencia de asesinatos en el mundo.

En otro artículo de la periodista Sonia Nazario, indicaba que hace tres años atrás aproximadamente unos 6.800 niños fueron detenidos y puestos en custodia de las autoridades de las frontera de los Estados Unidos. Sin embargo, contrasta con unos 90.000, que se esperan en el 2014.

En otros puntos relevantes, la organización Covenant House, ubicada en Tegucigalpa, la capital de Honduras, indicó que de enero del 2013 al presente han muerto aproximadamente unos 409 jóvenes, menores de 18 años.

Por su parte, el Observatorio de Violencia de la Universidad Autónoma de Honduras indicó que 1.013 personas menores de 23 años, fueron asesinadas en un año, en una población de 8 millones de personas.

Por si fuera poco, The New York Times indicaba que la droga que pasa por Honduras, es mayor al producto nacional bruto del país. De hecho, se destaca que de cada cinco asesinatos se esclarece uno.

Algunas personas entrevistadas, por la periodista Sonia Nazario indicaron que, “la corrupción en Honduras es tan rampante, que no pierden el tiempo llamando a la policía, ya que ellos trabajan para los narcotraficantes y las pandillas”.

De igual forma, que “hasta los maestros en ese país tienen que pagar a las pandillas para poder enseñar en las escuelas y los padres que desean que sus hijos tenga una educación también”.

No debe ser esto extraño, máxime que el periódico español “El País” indicó el 7 de enero que “el 79 por ciento de la cocaína que vuela desde América del Sur aterriza en países centroamericanos”, y luego es llevada a los Estados Unidos.

Mientras todo esto está sucediendo, no se cuestiona el ¿por qué estos jóvenes escogen caminar aproximadamente 17 días, arriesgando sus vidas e intentan conseguir un lugar en donde no sean asesinados al frente de sus residencias?

Sólo algunas personas han alzado su voz de alerta y se han ocupado de dar a conocer estas realidades que viven estos hermanos latinoamericanos. Otros, se han unido a la avalancha de críticas infundadas, como el comediante Paul Rodríguez en una reciente entrevista en CNN, “que si no los deportamos ahora, otros miles llegarán buscando el mismo trato”.

El Congreso de los Estados Unidos está poniendo trancas al pedido de urgencia que le ha hecho el Presidente Obama, para atender lo que, basado en lo antes mencionado, es una clara emergencia de “asilo humanitario” masivo, que está en el patio de su casa. Acaso hay que recordarles al Congreso que ya existe una ley, la cual fue creada en el 2008 bajo la administración de George W. Bush, llamada “Trafficking Victims Protection Reauthorization Act”. Entre otras cosas, se supone que atienda este asunto y que hace responsable al Congreso.

Qué tal si ellos se leen la ley, específicamente la sección 107, en donde indica que el gobierno tiene responsabilidades básicas, que posiblemente no ha cumplido en su implementación.

Sólo preguntamos, ¿en dónde están los informes que se supone se hayan realizado dando luz a esta situación? ¿Existen? ¿En dónde están los esfuerzos de parte de las organizaciones sin fines de lucro? ¿En dónde están los esfuerzos realizados para ayudar a los países de donde estas personas están viniendo como lo estipula este artículo de la ley?

Es fácil echar la culpa a esos pobres jóvenes que escogen no ser asesinados en la puerta de entrada de su hogar, y de intentar entrar a la nación americana para ver si por lo menos tienen la oportunidad de llegar a su mayoría de edad vivos.

Más allá, de hacernos la vista larga, que tal si nos unimos a levantar la voz de protesta por las injusticias del mundo. Solo así, contribuimos a no seguir perpetuando el dolor ajeno, que nos atrasa en nuestra propia humanidad.

Ramón I. Centeno es miembro del Partido Obrero Socialista. Twitter: @ricenteno

Waldemar Serrano-Burgos Profesional en el sector del NeuroBusiness coaching y las comunicaciones internacionales