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«Entre todos te estamos buscando», gritábamos a los cuatro vientos en cada rincón de Argentina; «Vos, ¿sabés quién sos?», interrogábamos desde los escenarios, los spots y las calles; pegábamos carteles, hacíamos teatro que picara en la identidad, luchábamos por el encuentro; y sobre todo, esperábamos, sabiendo que buscábamos a los nietos que debían encontrarse a sí mismos.

El 5 de agosto de 2014, Guido nos encontró: el análisis de ADN realizado por su propia iniciativa, dijo que Laura tuvo hace 36 años un varón en un campo de detención clandestino, dos meses antes de ser asesinada. Laura fue entregada en brazos de Estela, una mamá desesperada, que no sabía que había sido abuela. De ese dolor, de ese cuerpo mutilado, nacía la búsqueda más tierna que ha conocido la historia argentina: Las Abuelas de Plaza de Mayo.

La presidenta de Abuelas hoy está llena de sonrisas: Guido la encontró, él se dejó encontrar, fue tiernamente movido al abrazo, por la búsqueda incansable de «las locas» de Plaza de Mayo, por su valentía, por su memoria, por su necedad, por su ternura revolucionaria…

Y la Patria Grande entera, se conmueve en sus entrañas, quizás porque somos testigos del proceso más sanador de los genocidios cometidos en el último siglo: la anulación de las leyes de impunidad permitió abrir el camino a la justicia, que necesitó de la palabra valiente que comenzó a escribir la historia desde las víctimas del genocidio, y la búsqueda incansable de las abuelas que hace posible mirarnos al espejo de la identidad de una «generación arrasada».

Es por esto, que el nieto 114, Guido, se transforma en el icono de un camino de lucha por la sanación de toda una sociedad, de una herida que necesita mucha memoria, valiente justicia, verdad en los dientes y la ternura de un abrazo.

Lejos de la reconciliación con olvido que predicaba la cómplice iglesia católica jerárquica, las abuelas están pariendo (todavía en su avanzada edad) un país nuevo: que se pone de pie junto a los 30 mil hermanos detenidos desaparecidos, que construye un NUNCA MÁS con la sólida piedra de la justicia, y que grita un NUNCA MENOS en el abrazo más tierno de la historia.

Gracias abuelas, les debemos la vida, les debemos la memoria, les debemos la ternura que está cambiando este mundo.

Gracias por esta lección tremenda de dignidad, coraje y de amor. Para nosotros, para nosotras, para toda Latinoamérica.

PD: para terminar, un cuento que escribí hace 4 años, en el día que otro Abuela, declaró contra un genocida, entrando en el infierno una vez más, para re-escribir la historia.

Había una vez, dos veces y mil veces, una abuela muy tierna y muy Otra.

Esta abuela, había sido joven, bella y pícara, amaba la vida. Jugaba en los campos, corría a las nubes y soñaba en los horizontes. Sus días pasaban cargados de soles, y sus noches eran un abrazo eterno en la ternura de la luna.

La Abuela, todavía joven, no supo vivir sin los otros. Aprendió a amar la vida en los otros, y se enamoró tanto de ellos y ellas, que se lanzó sin dudarlo en ese cauce del amar… perdón, quise decir del luchar.

Y pasó sus días entre ese amar-luchar, que nunca supo diferenciar. Y cada vez que acariciaba el arcoiris que la impulsaba, ese se desvanecía en mil poesías y la desafiaba nuevamente a «seguir andando». Y así fue, la abuela no se detuvo… y fue dejando su juventud, hasta ponerse así como dicen «adulto». Y ella que mucho caminaba, encontró un compañero y de la mano, siguieron amando-luchando, y ese camino se parió en ternura. Y ella nació, con cara tímida miró el sol, y sin poder caminar todavía, ya acarició ese arcoiris que mantenía en camino a sus papás.

Y según cuentan los más antiguos, el tiempo pasó y la niña creció, y también supo caminar y tomarse de la mano, para no hacerlo sola. Porque parece que el camino, se volvía horizonte, solo caminando de la mano. Y así fue…

Pero una noche, el agua llegó. Lo obscuro de la tierra cubrió el cielo todo, y las nubes tomaron los suelos. El sol se escondió y la luna entró en huelga de princesas. El arcoiris se destiñó, y sus colores corrieron por los ríos, hasta perderse en el mar. Los pocos ganaron de miedo al mundo. Eso, que movía el corazón de la abuela y de su hija, se volvió más lejano y por ello más urgente.

El egoísmo, ganó en el corazón de los pocos y decidieron acabar con los Otros. Y en ese «plan de idiotas», la abuela y la hija se perdieron de vista. El abuelo y la abuela también. La esperanza que estaba por parir la hija, también fue arrebatada. Todo pareció hundirse, todo perdió su color…

En la soledad y el dolor, algunos encontraron por lo bajo una luz. En ellos, y en los otros que moraban en el silencio cómplice de la resistencia. Esa luz, como fueguitos, fue ardiendo en esa leñita seca, que era el corazón de esos otros y otras. Ese fuego, encendió la llama de la dignidad, de la memoria, de la resistencia, de la esperanza y del amor. Encendió, lo que los pocos buscaban apagar.

En el silencio, la verdad ardió. Pero solo en la clandestinidad. Para mientras se mezclaba el agridulce que «sostenía» en el dolor de lo «inhumano». Y en ese misterio, los calendarios le ganaron a la impaciencia. Y el día llegó…

La flor de la palabra, de esa abuela muy otra, sembraba un árbol necio y terco. Ese árbol crecía más rápido que su sombra, y en ella se comenzaban a cobijar muchos. Los pañuelos volvieron a secar las lágrimas de nuestra ingenuidad y liberaron el pelo al son de los vientos. Los ocultos mostraron su rostro y ya no hubo lugar para el olvido, porque la memoria ganó el mundo. Y las hojas al caer del árbol, dibujaban en lo bajo, una certeza: NUNCA MÁS.

Y cuando eso pasó, el amor gestado en la subversiva esperanza, daba sus frutos para todos. Y en la dignidad de la resistencia de la abuela y en la ternura viva de la hija, nacía el retoño del escándalo: el abrazo que nos salva.