Opinión de la semana

Arrebato imperial

Donald Trump cataloga a John Bolton como un guerrerista y es cierto, su paranoia se ha expresado con suficiente frecuencia como para ignorarla. Pero si el Asesor de Seguridad es capaz de emprender una guerra de alcances espantosos, sea por iniciativa propia o inducido por los que él mismo llama halcones, él mismo no se queda muy atrás. Lo demostró con la orden de ataque a Irán, aunque después pisara el freno, pero con el pie en el acelerador para dirigirse a una peligrosa carrera capaz de convertirse en conflagración de trágicas proporciones.
Entre los relatos informativos sobre el hecho se anotan dos de modo sobresaliente. Al preguntar por el posible número de bajas del operativo, le dijeron que no serían pocas. Se alude además a un periodista de la Fox News, quien le habría asegurado al mandatario estadounidense que una guerra frustraría sus planes reelectorales del año que viene.
Los por cuantos posibles son inválidos. Si bien pudiera atribuirse como mérito recular ante la inminencia de adjudicarse una significativa cantidad de muertos norteamericanos, si lo ordenó sin pensar bien en las consecuencias inevitables de este tipo de actos, ello anula las posibles buenas intenciones del patinazo y lo definen como un irresponsable, que procede a golpes de cólera o caprichos. Si no emprendió el ataque por consideraciones personales tan mezquinas como su deseo de quedarse otros cuatro años en la Casa Blanca, tampoco merece elogios.
Posiblemente las dos versiones sean una sola e indican ausencia de solidez en el pensamiento de quien puede destruir a su propio país y afectar mucho al mundo con una disposición mal concebida o debido a un insuficiente cacumen.
En cualquier ruta se coloquen los hechos, no tienen pinta de inocencia. Lo indica la cantidad de buques, aviones, submarinos y tropa movilizada hacia el Golfo Pérsico y los anónimos ataques a cargueros en aguas circundantes de los cuales se culpó a Teherán sin pruebas, como es corriente ya, pero hechos con trazas de falsa bandera, estiman distintos analistas.
La provocación al enviar un dron QR-4, de alta envergadura (equivalente al porte de una nave comercial), de los dedicados a espionaje por EE.UU. es una muy descarada e imprudente determinación, quienquiera lo haya estimulado o decidido en Estados Unidos.
En el relato de los hechos hay detalles a considerar. El 19 de junio, también volaba un aparato con 35 efectivos a bordo sobre el espacio aéreo iraní. Los persas se abstuvieron de atacar ese segundo artefacto extranjero, mostrando buena voluntad e inteligencia. En sentido opuesto van los funcionarios y consejeros del gobierno norteamericano tergiversando realidades para acomodarlas a sus intereses.
John Bolton, de visita en Israel, dijo que Washington no descarta la opción militar dirigida a los iraníes, y si no se materializó ahora fue “porque no era el momento”. El asesor de seguridad nacional, bien conocido por sus enfoques empedernidos y pendencieros, aseguró, asimismo, que “Irán no busca la paz”.
Pareciera lo contrario, pues las recientes confrontaciones se desataron por parte de la administración Trump. Ante todo, debe repetirse, abandonando el conocido Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC), tratado nuclear de 2015 cesado por la actual diri-gencia estadounidense, sin reemplazarlo con un compromiso practicable. A esa dejación de tan insuficiente entraña, añadieron sanciones a un país que estaba cumpliendo de modo escrupuloso sus compromisos.
Nótese: el presidente Trump y sus ministros no se cohíben de repetir que se proponen la ruina total de Irán. Por eso acometen castigos y presionan a sus socios para acrecentar los daños al milenario pueblo, mientras mantienen la amenaza de agredirles.
Valga situar que incluso los más conocidos reformis-tas iraníes, críticos con el gobierno, o aspirantes a modificar sus rumbos, tampoco están de acuerdo con el abandono estadounidense del PIAC, ni con las despiadadas lesiones a la economía y las finanzas, infligidas por EE.UU. Por eso, es de suponer que ante una agresión, los adversarios internos se sumen a la defensa de la república islámica.
«Cualquier error de los enemigos de Irán, en particular de Estados Unidos y sus aliados regionales, sería como disparar contra un barril de pólvora que quemará a Estados Unidos, sus intereses y asociados», dijo el portavoz de las Fuerzas Armadas de Irán, Abolfazl Shekarchi. Los conocedores de la zona advierten por igual que una agresión desataría una especie de reacción en cadena devastadora.
A falta de mejores argumentos, Washington insiste en la hipótesis de una deriva irania hacia la creación de bombas nucleares y les acusa de transferir armas a Siria, Líbano, Irak, Yemen y Afganistán.
Sería más lógico si el acusado fuera EE.UU. conocido su patrocinio de grupos terroristas y la cuestionable política de tener diseminados sus armatostes ofensivos en el 40% de los mares y la superficie mundial. Eso, sin incluir lo dado a Israel, receptor favorito de una superlativa ayuda norteamericana, incluidas armas de última generación, con la excusa de que están amenazados, por Irán ante todo, cuando lo cierto es que Tel Aviv sí tuvo y tiene entre sus propósitos, el de eliminar al que considera su antagonista regional por excelencia.
Por conocidas las intenciones y el alcance de la opción destructiva, el general iraní Gholamali Rashid se refirió a las consecuencias de una peripecia en la zona estimando: “Si se desencadena un conflicto en la región, ningún país podrá controlar su alcance ni su duración”. Cierto. Está advertido además por Rusia y China y, aunque no lo digan, se discurre con inquietud en las principales capitales del orbe.
Con la renuncia del anterior ministro de defensa estadounidense James Mattis y el paso atrás dado por quien iba a sustituirle, Patrick M. Shanahan, no por ser brillantes ni palomitas ambos, sino debido a los enfoques intolerantes demostrados por ese equipo restante cercano a Trump, quien refuerza una visión simplista en cuanto a varios asuntos de caza, sin calcular consecuencias, con rudeza supina y corta circunspección.
Esa escasez de discernimiento, o exceso de cuatrerismo, impide a los fulanos con voz y voto dentro de la administración, percatarse de la gravedad de sucesos como los del por fortuna abortado.
“Un simple error de cálculo puede poner la región en fuego. EE.UU. ha puesto presión en todos los frentes para detener cualquier transacción con nosotros. Trump es quien debe dar el primer paso porque fue él quien abandonó el Acuerdo”. La referencia pertenece a Mostafa Tajzadeh, uno de los reformistas iraníes aludidos, quien también consideró: Trump ha dicho que no quiere guerra, pero el camino actual nos lleva hacia una guerra. Así que, si de verdad no la quiere, debe cambiar su actitud. Tienen que mermar la intensidad de su presión y calmarse. No pueden abandonar el Acuerdo Nuclear, imponer fuertísimas sanciones contra el país y luego decir vamos a negociar. Una opción para negociar es que regresen al punto que abandonaron hace un año.
Sin embargo, el magnate devenido presidente dejó para la historia vía Twitter «Nunca me retracté del ataque contra Irán (…) ¡yo solo detuve su avance en este momento!». De sus propensiones habla la embestida cibernética subsiguiente contra objetivos militares iraníes. ¿Para probar las capacidades del contrario o modo de sustituir por un mal menor la turbadora osadía?
Entre los observadores internacionales se maneja el criterio de que fueron altos mandos militares y de la inteligencia norteamericana, quizás algunos políticos del llamado «estado profundo» estadounidense, los promotores de impedir una tragedia. Ojalá ese influjo y prudencia se mantengan.
Elsa Claro