Opinión de la semana

Carta astral de Esper

De ser cierto que cada persona nace con un destino prefijado, Mark Esper es de aquellos con un karma pendenciero. Durante su época de estudiante emprendió tesis referidas a temas militaristas, algo que no es malo si de buscar la paz, o cierta armonía, se trata. Su ascenso en julio al cargo de secretario de Defensa, acentuó el nada extraño influjo de las tendencias belicosas tan pródigas siempre en los meandros del poder real o a la sombra de Estados Unidos.
El abandono por la Casa Blanca del tratado entre Washington y Moscú destinado a frenar la creación o tenencia de cohetes de corto y mediano alcance (INF, por sus siglas en inglés) materializado este 2 de agosto, quizás no se deba anotar en los pecados del flamante jefe del Pentágono, aunque pudo influir, en la toma de esas decisiones, desde su puesto como máximo responsable de las fuerzas de tierra norteamericanas.
Esper realiza en este momento una gira por países asiáticos a los cuales desea convencer para que sirvan como emplazamiento de nuevos misiles estadounidenses enfilados contra China, considerada el principal rival estratégico de EE.UU., incluso por encima de Rusia. Así afirman varios politólogos. No es este alto funcionario el primero en exteriorizar temores sobre el auge logrado por Beijing, pero sí parece tener un plan madurado para amenazar al coloso que se atrevió a desarrollarse rápido, sin pérdida de sus principales enfoques sociales internos.
La primera escala del jefe del Pentágono fue Australia. Desde allí, confirmó a la prensa su plan de ubicar esos portadores de ojivas nucleares que tuvieron sede en Europa, usada en calidad de broquel ante una hipotética amenaza militar de la URSS. Ese pretexto no fue abandonado, y por eso desplegaron el escudo antimisiles en varias naciones del Viejo Continente dirigidos, por supuesto, hacia territorio ruso, aun cuando por esas sinrazones ya habituales, dijeran de inicio las destinaban a proteger a sus socios, de una nunca probada ofensiva desde el Medio Oriente. El peligro de una guerra con recursos atómicos que tuvo a los europeos como rehenes de políticas tan absurdas como ajenas, disminuye cuando es suscrito el INF en 1987. El pulso de entonces se repite tres décadas después desplazando la amenaza al Asia, sin abandonar desde luego, los objetivos continentales anti rusos.
El que acaba de abandonarse permitió desmantelar 846 misiles norteamericanos y 1.846 soviéticos. La administración estadounidense se justifica acusando al Kremlin de violar parte de lo suscrito con el desarrollo de un misil que sobrepasa los límites acordados. Rusia lo niega con énfasis y a su vez acusa a su contraparte de incumplimientos (el recurso antimisilístico en países europeos es uno), mientras sospecha que el empeño real gira en torno al desarrollo de modelos más avanzados sin verse frenados por prudentes, pero limitantes bridas.
El recelo tiene sentido tras el anuncio de Donald Trump sobre un programa para la militarización del espacio exterior. Sus cercanos y siempre insatisfechos halcones proyectan, además, avances en armas supersónicas y pidieron 200 millones de dólares adicionales al Congreso, para sumarlos al ya gordito presupuesto militar. El cese del INF entra en esos cálculos. Lo sugieren las declaraciones de Esper cuando admite su preferencia por el desplazamiento hacia la zona del Pacífico de sus artefactos agresivos.
Si se analiza en sus esencias, la guerra económica librada contra China es parte de la misma conjura. Debilitando el comercio, incluso a costa del empresariado y muchos productores norteamericanos, se amortigua el peso y emprendimientos desarrollistas hacia dentro o fuera de “el enemigo”. Algo similar usan con Rusia y se convierte en uno de los subterfugios para el enterramiento del pacto nuclear con Irán.
Las sanciones y los aranceles se están usando por EE.UU. como arma para disminuir las potencialidades de varios países y, con las coacciones militares, completan un macro esquema tras el cual esconden la modernización de sus arsenales atómicos y el surgimiento de diversos pertrechos ofensivos.
Vladimir Putin propuso una moratoria para evitar la anulación del INF, hasta tanto se lograran soluciones civilizadas para lo que Antonio Guterres, secretario general de la ONU, considera lleva a un aumento en «(…) la amenaza que representan los misiles balísticos». Dejarlo sin efecto, implica que «(…) el mundo perderá un freno invaluable en la guerra nuclear».
Trump y su corte beligerante (OTAN incluida) se negaron al sugerido aplazamiento, seguros de poner en aprietos a sus dos mayores contrincantes y, mientras tanto, o por ello, seguir vigorizando su parque convencional o el atómico con armas más precisas.
Thomas Mahnken, del centro de estudios estratégicos de la universidad Johns Hopkins, estimó que esos misiles de medio alcance a desplegar en islas del Pacífico y en territorios aliados, asentarán la supremacía militar norteamericana en la región asiática. Bien mirado, poder de fuego en esos sitios no les falta. El propio Departamento de Defensa de EE.UU. certifica la posesión de 112 bases militares en Japón y 83 en Corea del Sur, usadas ambas en los 50-53 para la guerra contra Norcorea. De algunas partieron los B26 que bombardearon de modo inmisericorde a Vietnam.
Esas posiciones y su tremenda dotación, fueron usadas también en las invasiones de Afganistán e Irak. No son las únicas en la región, pues tienen 5 más en Filipinas y facilidades en Tailandia y Singapur, para similares hazañas. Se añaden los 11 gigantescos portaviones desplazados hacia todos los mares, según convenga. Son verdaderas plataformas flotantes no registradas en la totalidad de las terrestres. Con semejante volumen agresivo, afirman estar en desventaja, asumiendo el papel de inofensivos santitos para, en los hechos, continuar victimizando.
Como final para estas consideraciones es imprescindible dejar anotado que Mark Elder, fue durante muchos años el representante de una importante firma armamentística ante el gobierno estadounidense. Ese cargo, a semejanza a la de cualquier otro cabildero, le permitió adentrarse en las intimidades del gobierno, conocer sus flaquezas y los puntos ciegos de las diferentes estrategias o de sus promotores. Es de imaginar que bajo cuerda o no, continúe favoreciendo a ese complejo militar-industrial que llevó a la conocida advertencia hecha por el conservador Dwight Eisenhower al término de su mandato en enero de 1961.
Donald Trump no concuerda con aquel aviso y lo demostró apenas llegar a la Sala Oval. A solo una semana de asumir la presidencia, emitió decretos destinados a seguir expandiendo sin límites el poderío militar estadounidense, según él, “Para alcanzar la paz por medio de la fuerza”. Y eso es lo que viene haciendo.
Elsa Claro