El movimiento sísmico -ocurrido a las 3.34 de la mañana del sábado y que afectó a seis regiones (provincias) del país- alcanzó una intensidad de 8.8 grados en la escala Richter en Concepción y ciudades aledañas, y los 7 grados en lugares más alejados, Valparaíso y Santiago por el norte y la región de Temuco por el sur. El epicentro se produjo en el mar, a 63 kilómetros al suroeste de la ciudad de Cauquenes. Al su alto nivel de destrucción -y cerca de 800 muertos contabilizados hasta el momento- fue seguido por un tsunami que destruyó numerosas localidades costeras, entre ellas el puerto de Talcahuano y el poblado de la isla de Juan Fernández, a 700 kilómetros al oeste de Valparaíso. La cantidad de desaparecidos es importante y aún, a comienzos de semana, no se lograba acceder a todas las localidades afectadas.
A las grietas y daños materiales se suma una realidad muy preocupante para el país. La absoluta incapacidad de respuesta inmediata del aparato público, la inepcia -cuando no la estupidez de ciertos funcionarios para responder a la situación- y el absoluto quiebre moral en todos los sectores nacionales, produce una fuerte sensación de riesgo latente, cuando no de inseguridad, como gusta en señalar la derecha.
Son demasiadas las señales de este resquebrajamiento. En el caso del tsunami, cuyas reales consecuencias no se evaluaban hasta el fin de semana, la situación puso en absoluto ridículo a un alto oficial de la Armada que negó la existencia de un tsunami explicando, pública e inútilmente, las definiciones técnicas del caso. No hay peligro de tsunami, fue cuanto se informó de inmediato, y repetido horas después, a través de Radio Bío Bío, único medio que logró entregar de inmediato y a nivel nacional las requeridos informaciones. Sin embargo el maremoto se había producido a poco de ocurrido el movimiento telúrico, destruyendo numerosas caletas de pescadores, lugares de veraneo y algunas importantes localidades. Como dijo a través de cadena nacional el Ministro de Defensa, lo ocurrido en gran parte de la costa regional «es un tsunami aquí y en Burundi».
A medida que pasan las horas y se logra acceder a algunos lugares costeros ha sido posible rescatar y reconocer cadáveres. Por ello la cifra continúa en aumento.
La destrucción total de numerosos edificios recién construidos o entregados hace en fechas, y el derrumbe de obras de uso público concesionadas por el Estado, como el sistema de carreteras, pone en duda la eficacia -y en algunos casos la seriedad o integridad jurídica- del empresariado.
El desplome de un edificio de quince pisos en Concepción, cuyo frontis quedó paralelo a la calle, puso al descubierto la mala calidad de la construcción y el frágil fundamento de una obra que se muestra como el paradigma de la modernidad y el lujo. Un caso similar ocurrió en Maipú, comuna del gran Santiago, donde un condominio de cinco pisos quedó inclinado y a punto de caer. A los fallecidos en el edificio penquista (puede tratarse de unas sesenta víctimas) se suma la deuda de los propietarios por créditos hipotecarios y otros, la pérdida total de sus bienes y registros y la absoluta indefensión frente a las constructoras amparadas por el sistema económico. A guisa de ejemplo, las informaciones de los canales no indican los nombres de aquellas ni de sus socios ni ejecutivos; lo que señala un verdadero sistema de protección en torno a los culpables. Pero no son los únicos casos. Construcciones nuevas y declaradas inhabitables existen en la capital, Rancagua, Viña del Mar y otras ciudades. En los barrios de Macul y Ñuñoa, en Santiago, existen edificios de lujo, cuyos departamentos tienen un precio superior al medio millón de dólares y entregados el año anterior, absolutamente inutilizados. Se trata de estafas que, para tipificarse como delitos, sólo requieren de una investigación por parte de la Fiscalía Nacional.
Las carreteras concesionadas no lo hicieron menos. La ruta Vespucio Norte Express, en dirección al destruido terminal aéreo, fue gravemente dañada por el movimiento telúrico. Antiguos puentes (a cargo del Fisco en este caso) se vinieron abajo o desaparecieron literalmente, al igual que secciones de carreteras en altura, en los accesos a la capital, que se vinieron abajo arrastrando a varios autos. En estos casos no hubo sin embargo víctimas fatales.
El saqueo es saqueo, nos ha enseñado el sistema. O, como dicen nuestros vecinos argentinos, «se pudrió todo». Y en Chile no hace falta cuello y corbata para ser ladrón. El mentado «Estado de Derecho», que dejó a la mayor parte de la población fuera del Estado -»Efecto Auschwitz» define Noam Chomsky- ha convertido en delincuente a la mayoría del país. No hace falta ser moralista para darse cuenta; basta salir a la calle. Al intento de obtener mercaderías en supermercados siguió un rápido y casi natural saqueo a los mismos. Verdaderas hordas sobrepasaron a la escasa policía y arrasaron con lo que se atravesara. Sujetos que cargaban cocinas, refrigeradores y televisores de plasma pasaban frente a las cámaras, mientras la hambreada población, a poco más de 24 horas del sismo, asaltaba un molino para cargar sacos al hombro, cuando no en camionetas. Las imágenes recorrieron el mundo; pero también el país, aclaremos. Gentiles imitadores, tan hambreados como los penquistas, intentaron asaltar supermercados en Temuco, Santiago y otras ciudades. Después de una muy débil reacción de la autoridad (después de todo se trata de su propia imagen política) fueron repelidos a balazos -al aire y no al cuerpo- y por fuerzas policiales. El mediodía del domingo se decretó estado de Emergencia para Concepción y la zona, la que quedó bajo el mando militar.
El vivir en un país sísmico impele a ver la tragedia como algo natural. Muchos ciudadanos expresaron su molestia ante la suspensión del Festival de la Canción de Viña del Mar, del football, o del encuentro de la Academia de la Lengua, en Valparaíso, o de la Feria del Libro en la misma ciudad; o por el corte de energía, agua, televisión y comunicaciones. Hubo que explicarles, caso a caso, que el temblor había sido un terremoto, que había muerto mucha gente y que todo estaba por el suelo. En fin, que el maremoto había sido en verdad un tsunami, a pesar de lo afirmado por la Armada.